Una fundación riojana operó a 110 nenes neuquinos que tenían labio leporino

En una cruzada solitaria, casi invisible, una fundación sale a recorrer el interior de la provincia de Neuquén en busca de sonrisas. Gracias al empuje de un grupo de profesionales de la salud, unos 110 niños neuquinos que nacieron con fisura labio palatina, más conocida como labio leporino, pudieron superar su afección y recuperar su deseo de sonreír.

Según una nota del diario La Mañana de Neuquén, que lleva la firma de Sofía Sandoval, la Fundación Rioja nació en esta provincia del norte en 2007, luego de que el cirujano infantil Aníbal Ojeda comprendiera que los grandes cambios nacen a partir del respaldo de las instituciones y no sólo por el esfuerzo singular de un médico solitario. Desde entonces, la entidad recibe llamados de todas las latitudes, de familias desesperadas que buscan una cirugía para sus recién nacidos.

“En la cirugía de adultos uno opera, espera que la persona salga sana y ahí se termina todo; que pase el que sigue”, sostuvo Ojeda, y agregó: “Pero en la cirugía infantil, uno trata a una familia entera, desde la madre que está en shock al resto de los familiares que sufren la fisura con el niño”.

Después de formarse con un maestro cordobés especialista en la temática, el profesional observó que eran pocos los cirujanos que tenían formación en reconstrucciones de labio leporino. “Se cuentan con los dedos de una mano”, dijo, y repasó algunos: “Dos en Tucumán, dos en Santiago del Estero; casi no hay nadie que opere”.

Por lo general, el tratamiento de esta afección no incluye la formación de los cirujanos infantiles sino que corresponde a la especialidad de cirugía plástica, donde las inquietudes estéticas se convierten en prioridad. Los implantes de silicona son las intervenciones más demandadas y más redituables para estos profesionales. Por eso, nadie aprende sobre labios leporinos.

La falta de interés de los cirujanos llevó a Ojeda a inculcar su impronta en su propio hijo, Mariano Ojeda, un cirujano infantil riojano que desde 2013 opera en el Castro Rendón.

A ese hospital se acercaron ya 110 niños neuquinos, y la fundación busca nuevos candidatos para intervenir una vez que termine el aislamiento.

La Fundación Rioja no recibe apoyo del Estado, pero es respaldada por la organización SmileTrain, de Estados Unidos, que subvenciona parte de las cirugías y se ocupa de la capacitación de sus voluntarios. Según cuenta su fundador, ya casi dos mil chicos con el labio fisurado pasaron por su bisturí en cirugías gratuitas.

Se estima que uno de cada 700 niños nace con este problema. Sin embargo, la afección se suele dar en los parajes más alejados y en familias de escasos recursos.

“Es como si nadie los viera”, explicó el profesional, y recordó que la operación del labio que se hace después de los tres meses es sólo el principio. “Hay muchos que ven el cambio estético y ya niegan el problema”, sostuvo.

Para Ojeda, tratar el labio leporino exige un trabajo interdisciplinario que no se acaba en una simple cirugía. En su equipo colaboran todo tipo de profesionales, como odontólogos, fonoaudiólogos, psicólogos y nutricionistas.

En su visión, sin embargo, el aporte más importante lo hacen los trabajadores sociales, que comprenden el contexto difícil en que está inmersa la familia afectada.

Los labios fisurados pueden provocar una discapacidad si no son tratados a tiempo. Y tratarlos no implica sólo una operación. Se requiere de un tratamiento posterior del paladar y un acompañamiento del paciente hasta el fin de su adolescencia, cuando el rostro termina de adoptar su forma definitiva. En el proceso, deben recibir ayuda para mejorar su hablar gangoso y un apoyo psicológico para sobrellevar la marca de una cirugía invasiva en la mitad del rostro.

“Un 70% de nuestros pacientes está en el interior y, en muchos casos, no son intervenidos como recién nacidos”, dijo el cirujano, y aclaró: “Hay gente del campo que pasa años con la boca abierta porque creen que Dios los puso así”. La Fundación busca modificar esta creencia y trabajar con ellos para que vuelvan a sonreír.

Un compromiso que se hereda

El médico Mariano Ojeda es especialista en cirugía pediátrica. Tras finalizar su residencia en Córdoba, regresó a La Rioja para formarse junto a su padre, a quien considera también su mentor quirúrgico. Una estadía en Francia le permitió especializarse aún más en tórax y cirugía general infantil laparoscópica.

Cuando llegó a Neuquén, en 2013, conoció al médico Domingo Hernández, con quien se sintió identificado de inmediato, ya que era el único profesional de la provincia que trabaja con pacientes con labio leporino. “Juntos creamos el equipo FLAP Neuquén junto a pediatras odontólogos, fonoaudiólogos, psicólogos, genetistas, entre otras tantas personas”, señaló Ojeda.

“El pacientito que presenta FLAP es un paciente especial al cual hay que darle tratamiento oportuno y correcto, en tiempo y forma, sino tenemos lo que habitualmente vemos con defectos estéticos y del habla”, dijo el cirujano.

Emociones que se generan más allá de lo profesional

El cirujano infantil Aníbal Ojeda ya operó a más de 20 mil niños en sus casi 40 años de carrera, por lo que carga con un bagaje inmensurable de historias emotivas. Lejos de convertir cada intervención quirúrgica en un trabajo rutinario, aseguró que ha regresado del interior de su provincia con lágrimas en los ojos, luego de sumergirse en los escenarios de vulnerabilidad que atraviesan las familias de sus pacientes.

Recordó el llamado de un matrimonio de San Luis. La pareja había buscado concebir un niño por años, por lo que se decidieron a visitar un orfanato. Allí descubrieron a un huérfano afectado por la fisura labio palatina que había sido ignorado por el resto de los adoptantes. “Ellos lo vieron escondido entre los otros chicos, con toda la boca abierta, se sensibilizaron con sus casos pero nadie lo quería operar en San Luis”, dijo el médico, y aclaró que tuvieron que trasladarlo hasta La Rioja para que la Fundación se hiciera cargo de su recuperación.

Después de que se concretara la adopción, la mujer concibió un hijo biológico que se integró a la familia de tres.

La trayectoria de Ojeda en la temática lo llevó a ser convocado para trabajar en Angola. En todo el territorio de ese país africano no hay un solo cirujano que opere los labios leporinos. Para el médico, el viaje fue una experiencia transformadora que le permitió comprender todas las dimensiones de la pobreza.

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