Vanina quiere volver a La Rioja con su beba pero no lo consigue

“Hoy estoy muy mal, peor que ayer. Colapsada porque nadie me da una respuesta”, le cuenta Vanina Pereyra a Con Bienestar. Hace un mes que ella y su hija recién nacida, Emma, deberían haber vuelto a casa, en La Rioja. Pero no: ambas se encuentran varadas en un hotel de la Ciudad de Buenos Aires, solas.

Sus idas y vueltas comenzaron hace dos meses, cuando a la criatura le diagnosticaron una cardiopatía congénita en el embarazo. En un principio, Vanina fue derivada con su panza a la provincia de Córdoba, pero al llegar se enteró que, por la pandemia, no había cirujano cardiovascular que las atiendiera.

Fue derivada otra vez: viajó, sola, hacia el Instituto Médico de Pediatría (IMO) en Capital Federal, Buenos Aires. Llegó el 28 de junio. Tres días después, le realizaron la cesárea y nació Emma, con un diagnóstico diferente al que se trajo desde La Rioja.

“Era una cardiopatía, sí, pero no era tan compleja como me dijeron. Supuestamente tenía un doble tracto de salida de ventrículo derecho, o sea que tenía dos arterias en el mismo ventrículo”, relata su mamá.

Pero eso no lo supieron hasta el momento del parto. Como su embarazo ya estaba tan avanzado, era “imposible” ver la situación mediante un estudio ecofetal. Lo que restaba era esperar al nacimiento para realizarle un cateterismo,para salir de la duda.Leé tambiénLa vida de Dante, un soñador de 9 años con fibrosis quística

Si se cumplía el diagnóstico original, Emma no iba a llorar al nacer o su llanto sería mínimo y ahí, rápidamente, tenían que trasladarse a otro sanatorio donde la esperaría el quirófano listo para la operación en ese momento.

Si bien el llanto no siempre alivia a quien lo presencia, este sí generaría eso en Vanina: su hija, al nacer, lloró normalmente. El panorama había cambiado. Le realizaron los primeros auxilios y el cateterismo. El diagnóstico definitivamente no era el que trajo desde su provincia.

El resultado arrojó una comunicación interventricular (CV), “un orificio muy grande entre la aorta y la pulmonar, entre las dos arterias”. A diferencia del plan principal, no hizo falta que la operaran inmediatamente. Desde que nació, estuvo 18 días en neonatología, en la incubadora alimentándose por sonda. “Viviendo por sus propios medios, nunca con respirador, nunca con oxígeno, nunca con nada”, recuerda Vanina.

El 19 de julio, fueron finalmente trasladadas a otro sanatorio. Un día después, 8:45 de la mañana, Emma ingresó al quirófano y salió 17:15. Antes, le habían alertado a la mamá sobre lo que podía pasar: al tener tan pocos días de vida, podría salir bien de la operación o no.

Salió todo bien. “Fueron ocho horas larguísimas”, asegura y describe sobre la intervención: “Le pusieron como una bandita para que no le pasara tanta sangre al pulmón y le achicaron el ducto”.

En menos de 12 horas, Emma ya estaba sin respirador, lo que sí tuvo que mantener por cinco, seis días, fue el oxígeno. Evolucionó bien y al pasar poco tiempo ya no necesitó de nada externo, salvo la alimentación por sonda.

Para el 31 de julio, Vanina explica que en los partes médicos, clínicamente, “no tenían nada” para decirle. Ella estaba bien, pero seguía internada, hasta que le deslizaron la posibilidad de otro traslado por el tema de la succión. Pero quedó en la nada.

Vanina planteó la idea de volver a La Rioja para ser atendida en el Hospital de la Madre y el Niño, “que es muy completo”, según había averiguado, por si a Emma la pasaba algo. Pero su pedido fue desestimado.

“Me tenían dado vueltas y vueltas”. Hasta que volvió a preguntar y le dijeron que ya habían tramitado la derivación, pero que no había camas en el Hospital de La Rioja para alojar a la pequeña. Vanina no se quedó con lo que escuchó. Ella misma llamó y habló con la directora. “Nunca me llegó ningún pedido de derivación y sí, tenemos camas de pediatría disponibles”, le contestaron, para su asombro.

Más allá del deseo de volver a su provincia, de estar cerca de su familia, contenida, a Vanina le preocupaba que por retenerla sin argumentos clínicos sólidos en el Sanatorio corrieran riesgo tanto ella como su hija de contraer infecciones.

Días después, según su relato, le dijeron que a la beba ya no le hacía falta ir a ningún hospital, ni quedarse en ése. Que le daban el alta y que la llevara para el hotel.

Se fueron con el alta y con una tranquilidad parcial. Por un lado, era parte de lo que quería Vanina, pero por el otro, seguía lejos de su casa, lejos de su familia. Un hotel a cientos de kilómetros no era, definitivamente, el lugar en donde quería pasar las primeras horas fuera de un hospital junto a su hija recién nacida.

Ahora, está esperando la autorización para viajar y según relata en Buenos Aires le dicen que ya la pidieron y en La Rioja, que no llega. Mientras pasan los días, Emma sigue sin la atención que necesita. Vive con su mamá en una habitación de hotel alimentándose por sonda, método que no sabe usar a la perfección.

Para ayudar a Vanina y a Emma

Comunicarse con su mamá, al: 38-0453-6463, o al Facebook: Vanina Pereyra.

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